En una sola semana, hemos visto migrantes indocumentados en el Altar de la Patria, enfrentamientos entre civiles y policías, acusaciones explosivas contra altos funcionarios, y barberías cerradas por orden pública.
¿Es eso soberanía?
La verdadera soberanía no solo se defiende en la frontera, sino también en cada calle, en cada institución y en cada centímetro de confianza que el pueblo deposita en sus autoridades. Si las fronteras están cerradas, pero los negocios del Estado están abiertos a la corrupción, no estamos avanzando.
Hoy más que nunca, necesitamos un país donde la ley no solo se aplique al débil, sino también al poderoso. Donde la migración irregular se combata, pero también los entramados internos que la permiten. Donde las decisiones no se tomen desde el miedo ni la improvisación, sino desde la ética y el ejemplo.
La soberanía empieza cuando los ciudadanos creen de nuevo en su país. Y ese camino solo lo construyen la verdad, la justicia y el orden real.
